
Shavuot, una fecha central del calendario hebreo que celebra la entrega de la Torá
La comunidad judía recibirá con la puesta del sol de mañana, jueves, Shavuot, la festividad del calendario hebreo que evoca el recibimiento de la Torá al pie del Monte Sinaí, hace más de 3.300 años.
En ocasión de esta conmemoración, compartimos la reflexión del Gran Rabino de AMIA, Eliahu Hamra, quien se refirió al pacto sellado entre Dios y el pueblo de Israel, y sobre la vigencia de ese compromiso espiritual en la actualidad.
La Torá como destino y compromiso
Por el Gran Rabino de AMIA Eliahu Hamra

La festividad de Shavuot es la fiesta de la entrega de nuestra Torá, en la cual Hashem selló un pacto con el pueblo de Israel.
La entrega de la Torá, conocida también como el acontecimiento del Monte Sinaí, es el evento fundacional en el que se estableció el pacto entre Dios y el pueblo de Israel. Este pacto no consiste solamente en la entrega de un sistema de preceptos y leyes, sino en la creación de una relación única y comprometida entre el Creador y Su pueblo.
Después del acontecimiento del Monte Sinaí, los hijos de Israel deambularon por el desierto durante cuarenta años, período en el cual murió casi toda la generación que salió de Egipto y nació una nueva generación. Previo a ingresar a la tierra de Israel, Moshé reunió nuevamente al pueblo para sellar un segundo pacto con el Eterno. Entonces el pueblo se comprometió a cumplir la Torá, y a cambio sería Su pueblo especial y protegido.
Surge entonces la pregunta: ¿qué es un pacto?
En un pacto, dos o más individuos, cada uno de los cuales respeta el valor interior del otro, se unen mediante lazos de amor y confianza, compartiendo sus intereses y, a veces, incluso sus vidas, a partir de un compromiso de fidelidad mutua y de una tarea común que ninguno de ellos podría lograr por sí solo. A diferencia de los contratos, en los que cada parte entra para obtener un beneficio, los pactos son compromisos morales basados en la lealtad y en la disposición al sacrificio. En un pacto, tú y yo creamos juntos un “nosotros”.
Durante el acontecimiento del Monte Sinaí, Dios elige al pueblo de Israel para que sea para Él un “reino de sacerdotes y una nación santa”, como dice el versículo, y a cambio el pueblo de Israel se convierte en Su pueblo elegido. Además, el pueblo de Israel se compromete colectivamente a cumplir las leyes de la Torá y los Diez Mandamientos. El pacto expresa una unión profunda e inseparable, que garantiza la continuidad del vínculo entre Dios y Su pueblo, independientemente de las circunstancias cambiantes.
El pacto entre el Todopoderoso y Su pueblo en el Monte Sinaí no es percibido solamente como un acuerdo jurídico, sino como una transformación esencial en el alma de la persona y en su relación con el Creador. Este pacto convirtió al pueblo de Israel en una realidad espiritual diferente. Por eso, la entrega de la Torá y el pacto que la acompañó constituyen el fundamento de todo el “trabajo espiritual” de cada judío. Este pacto con Él aspira a corregir las cualidades de la persona y convertirla en un recipiente digno para la Presencia Divina. El pacto exige que la persona se conozca a sí misma y reconozca su misión exacta frente al Creador.
El pacto que Dios selló con Su pueblo en el Monte Sinaí creó un vínculo en el que la Torá no es solamente una “sabiduría” externa, sino una “luz” que penetra el alma del ser humano. El pacto compromete a la persona a desarrollar un mundo interior en el cual no solo “observe” la Torá desde afuera, sino que la viva dentro de sí.
La pregunta que nos hacemos es: ¿por qué este pacto nos obliga y compromete?
Nadie elige ser heredero al trono. Es un destino, una misión que llega desde el nacimiento. El pueblo sobre el cual el Eterno dijo: “Mi hijo primogénito es Israel” [Shemot/Éxodo 4:22], sabe que nació con una misión. Tal vez sea un privilegio. Tal vez sea una carga. Quizás ambas cosas al mismo tiempo. Una persona es declarada heredera desde su nacimiento simplemente por haber nacido de ciertos padres y en determinadas circunstancias. Desde el momento de su nacimiento, el heredero entra en un sistema de obligaciones y en una vida al servicio de otros. Puede descuidarlas. En circunstancias extremas incluso puede renunciar a la corona. Pero nadie elige ser heredero al trono. Es un destino, una misión que llega desde el nacimiento.
La idea de que solamente las cosas que elegimos por nosotros mismos pueden considerarse importantes en nuestras vidas es una ilusión propia de la era posterior a la Ilustración. La verdad es que algunos de los hechos más importantes relacionados con nosotros son precisamente aquellos que no elegimos.
¿Cómo nos toca hoy este pacto?
Somos parte de una historia que comenzó muchas generaciones antes de nuestro nacimiento, y que continuará muchas generaciones después de nosotros. Y la pregunta que se presenta ante cada uno es: ¿continuaremos esa historia? Las esperanzas de más de cien generaciones de nuestros antepasados dependen de nuestra voluntad de hacerlo. En lo profundo de nuestra memoria colectiva, las palabras de Moshé en el libro de Deuteronomio continúan resonando: “No sólo con ustedes sello este pacto”, sino también con “quienes no están hoy aquí con nosotros”. Nosotros somos parte de esta historia. Somos libres de vivirla o de abandonarla, pero estamos obligados a decidir entre ambas opciones, y nuestra decisión tiene enormes consecuencias. El futuro del pacto descansa sobre nuestros hombros.
Vivimos en una época que exalta la autonomía personal y la elección individual por encima de todo. El ser humano moderno desea definir por sí mismo cada aspecto de su identidad, evitando compromisos permanentes y desconfiando de toda obligación que no haya elegido voluntariamente. En un mundo marcado por vínculos frágiles, por la inmediatez y por una creciente sensación de vacío interior, el pacto del Sinaí nos recuerda una verdad esencial: que la vida adquiere sentido precisamente cuando el hombre comprende que no vino al mundo solo para satisfacerse a sí mismo, sino para formar parte de una misión más grande que él.
La Torá nos enseña que la verdadera libertad no consiste en vivir sin compromiso, sino en descubrir aquello a lo que nuestra alma está llamada. En una generación llena de ruido exterior, el pacto del Sinaí nos invita a volver a escuchar la voz interior del alma judía.
¡Gracias por la difusión!
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Prensa AMIA
