¿Y los judíos? ¿De dónde venimos?

¿Y los judíos? ¿De dónde venimos?

Por Guido Maisuls

Hace más de veinte siglos y en la Tierra de Israel, nuestro pueblo judío habitaba pacíficamente en los territorios de la Galilea, en las alturas del Golán, en el oasis de Beer Sheva, en lo que es hoy la Franja de Gaza, en la Samaria y fundamentalmente en la Judea y sus antiguas ciudades de Jerusalén, Shjem, Jericó, Hebrón, y Bethlejem.

Desde mucho antes de ese entonces éramos el pueblo aborigen de estas tierras de Israel. Éramos y somos los que muchos denominaron como los judíos, hebreos, israelitas, israelíes o como más les plazca llamarnos. Para mayor precisión el término Judío en castellano o Yehudi (יהודי) en hebreo, se refiere actualmente a nosotros, a los descendientes de aquellos aborígenes que poblaban desde hace unos 3.500 años esta legendaria región.

Fueron épocas de mucho desorden y perturbación, tiempos en que nuestros antepasados judíos, que de por si era gente muy libre y rebelde cuando se les quería imponer yugos externos, se sublevaron valientemente contra las sucesivas dominaciones de los imperios de turno de aquella época: Babilonia, Asiria, Persia, Grecia y Roma.

Nuestro pueblo judío sufrió a través de la historia grandes y dolorosos exilios, expulsiones, genocidios, persecuciones y discriminaciones, injustas acusaciones, conversiones forzadas y asimilaciones obligadas y nuestros antepasados resistieron como pudieron: luchando de frente, huyendo, escondiéndose, adaptándose, mimetizándose con el medio, nadando contra la corriente y a veces a favor de ella, el objetivo fue siempre sobrevivir como persona y como judío, aferrándose a uno de nuestros más sagrados principios: nuestro amor a la vida.

Esto trajo como consecuencia que hoy, alrededor del mundo, aparezcamos con diferentes apariencias, con diversos idiomas, con distintos colores de piel, con costumbres multifacéticas, incluso con aspectos muy difícil de identificarnos como tales, por esto hoy el judaísmo es multiétnico y pluralista pero compartiendo un origen y un gran destino en común.

En el último siglo hemos sido merecedores del comienzo de nuestro retorno a nuestro hogar ancestral, la tierra de Israel. Desde los albores de la civilización hemos sido como un impetuoso y arrollador río caudaloso que arrancando desde las primeras vertientes de agua pura y cristalina en nuestra formación como nación ha recorrido grandes distancias históricas.

Ese profundo río, se ha detenido en numerosas embalses y represas y luego ha continuado su persistente marcha hacia nuestro gran destino final, restablecernos y realizarnos definitivamente como pueblo en nuestro hogar nacional y así convivir armónicamente en el seno de las naciones del mundo, aportando de lo nuestro lo más valioso que tenemos y poniéndolo al servicio de toda la humanidad.

Todos nosotros tenemos el derecho y el deber de poder ser herederos de la tierra de Israel y de continuar viajando hasta el final de la historia, hacia la desembocadura de nuestro caudaloso río en el ancho y profundo Océano del Futuro.

Nosotros los aborígenes judíos, no arribamos aquí de ningún planeta lejano, no le robamos la tierra a ningún hipotético pueblo palestino, no somos el invento de algunas mentes trasnochadas, no cometemos genocidios, no discriminamos a las personas por ser diferentes, ni practicamos el apartheid y la xenofobia con nadie. Simplemente hemos retornado luego de 2000 años al mismo territorio de nuestros antecesores.

Creemos en los mismos valores de nuestros antepasados desde hace miles de años.

Recibimos las mismas enseñanzas de Paz y de Justicia de nuestros profetas de todas las épocas.

Nos comunicamos con el mismo lenguaje hebreo que hablaban nuestros patriarcas y matriarcas.

Nuestro mismo corazón sigue latiendo entre los antiguos muros y las estrechas callejuelas de nuestra amada ciudad de Jerusalén.

Nos seguimos llamando con los mismos nombres de entonces: los hebreos, los judíos, el Pueblo de Israel.

Nosotros los judíos seguimos siendo los mismos aborígenes de antes, de ahora, de siempre y para siempre en nuestra amada, eterna y aborigen Tierra de Israel.

“Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, mi diestra sea olvidada. Mi lengua se pegue a mi paladar, si no ensalzare a Jerusalén como preferente asunto de mi alegría”
Tehilim / Salmos 137: 5 y 6.


Dr. Guido Maisuls
Servicio judío de opinión e investigación periodística
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